Aquí estoy porque he venido


Extractos de mis textos dramáticos

martes 28 de julio de 2009

Fragmento de "Missceland"

Estamos en el interior de un barracón. Sobre los tablones está tirada una niña vietnamita con un soldado que lleva puesto el uniforme norteamericano de los años 60, que la está violando. En esta acción hay verdadera desesperación, hay una violencia desmedida en los movimientos del soldado, como si quisiera penetrar la tarima. La niña está ausente durante toda la escena, parece no estar allí. Si no fuera por la imagen que estamos viendo, podríamos pensar que está jugando plácidamente, en cualquier otro lugar. En el espacio también hay un cachorro de gato (o quizá no está y lo crean los actores) que deambula alrededor y dos cadáveres con la cara reventada tirados en el suelo. Uno es una mujer, el otro es un niño. La niña durante toda la escena se dirige al gatito, se expresa en vietnamita, y aparecen sobreimpresos sobre la pared del fondo del escenario subtítulos que traducen al español lo que ella dice. Mientras esta escena sucede, hay un foco sobre el hombre del sofá, que a su vez realiza distintas acciones, a veces se levanta y va a por algo a otra habitación, vuelve con comida, con una cerveza, hace diferentes cosas que cualquiera puede hacer en su casa. Siempre hay luz sobre él.

NIÑA: (Mientras es arrastrada arriba y abajo sobre la tarima, dice sus frases separando unas de otras, como si no fueran parte de un pensamiento hilado) Si no comes nunca vas a crecer. Eres muy travieso. (Mira al gatito, que camina por la habitación) No tienes que preocuparte de nada. Mamá te cuida. No hay nada que temer. Aquí estás a salvo.

SOLDADO: (Llora sin parar mientras la embiste con más violencia cada vez. Entrecortadamente.) No te preocupes, no pasa nada. (La mujer de la plataforma para de tocar el piano. El soldado sigue más fuerte) ¿Te duele? No quiero hacerte daño. Yo no te hago daño, ¿verdad? (Más fuerte) No deberían haberte dejado aquí. Siempre pasa lo mismo. Errores. No deberíais haber estado aquí. Aquí ya no tenía que quedar nadie. En realidad no pasa nada, nosotros estamos aquí para llevaros a otra parte, a la zona segura. No tienes de qué preocuparte (más fuerte).

NIÑA: Mi amor, ¿tienes hambre? No pasa nada. ¿Sabes a dónde iremos después? Tienes que recoger tus cosas porque saldremos pronto, muy pronto, estamos apunto de marcharnos. En ese lugar al que vamos no hay nada malo. Todas las personas son buenas y tienen ojos de verdad. Y nadie pierde los brazos. Ya no vas a tener frío, nos están esperando. En ese lugar. No tengas miedo.

SOLDADO: (Sigue llorando) Cuando uno forma parte de un engranaje no puede haber errores. Las órdenes se incumplen, los compañeros fallan y le vuelan la pierna al que está a tu lado. No puede haber errores. Yo cumplo las órdenes. Cumplo con mi deber. Soy yo y soy el otro, soy el otro organismo. El gran organismo.

NIÑA: Mamá te lleva, tú puedes dormir. No pasa nada. En ese lugar. (Empieza a cantar “Somewhere” de West Side Story. La letra aparece traducida en los subtítulos del fondo del escenario, como antes) There’s a place for us, (la mujer empieza a tocar de nuevo, acompaña la canción, pero no como en un musical, como algo independiente. Ella empieza a tocar ésto, sólo que por momentos la armonía se separa de lo que la niña canta, por momentos es estremecedora, y no acompaña, crea tensión.) somewhere a place for us, peace and quiet and open air, wait for us somewhere. There’s a time for us, someday a time for us, time together with time to spare, time to look, time to care, some day.

SOLDADO Y NIÑA: (Él se suma acompañando las envestidas, ella sigue) Somewheeeeeere! We’ll find a new way of living.

NIÑA: We’ll find a way of forgiving, somewhere.

NIÑA Y SOLDADO: (El soldado está llegando al clímax a la vez que la canción lo hace, durante el texto siguiente, la niña en cambio, está marchándose a ese lugar. Ahora la mujer del piano está completamente entregada a lo que toca, también llegando a un punto álgido. La voz de la niña se abre como un pájaro que vuela y la voz del soldado resuena estridente, desafina y se disocia de la armonía imponiéndose, poco a poco cubre la voz de la niña y no se la oye.) There’s a place for us, a time and place for us, hold my hand and we’re halfway there, hold mi hand and I’ll take you there, somehow, someday, somewhere! (El soldado cae rendido sobre el cuerpo inmóvil de la niña, y la tapa por completo, no se la ve. A la vez la mujer ha parado de tocar, se ha hecho daño en la mano. Poco a poco el soldado se incorpora, se sacude la ropa, mira a ver si se ha manchado los pantalones, se cierra la bragueta. Mira a la niña, que sigue ausente mirando al gatito y sonriéndole. De pronto su gesto cambia y se vuelve indignado y colérico. Se pone de pie, mira a la niña desde arriba, y cada vez se va llenando más de ira. Mira a la niña y mira al gatito. Ninguno le mira a él. De pronto arranca con violencia y revienta al gatito de un pisotón. Levanta el pie y lo mira. Se aparta y mira a la niña. Ahora la cara de la niña ha cambiado. De pronto hay una mueca en su rostro. No puede moverse. No puede hacer nada, no le sale sonido de la boca, las lágrimas saltan de golpe de sus ojos y de pronto un sollozo de mujer sale desgarrando su garganta. El soldado parece satisfecho de pronto. Se vuelve a sacudir la ropa y sale del barracón.)

...

sábado 25 de julio de 2009

Fragmento de "El amor muy pronto"

...
ALICIA: (Arranca de nuevo) Tú quizá no te des cuenta, pero yo tengo muy poco espacio para desarrollarme. Todo en esta casa, nuestros amigos, lo que hacemos a diario, la cantidad de tiempo que dedicamos a tus cosas, los planes que tenemos... No queda lugar para nada más en ese orden prediseñado.
GRETA: ¿Quieres que improvisemos más?
ALICIA: ¡No! No tiene que ver con improvisar, yo necesito el orden, pero me doy cuenta de que necesito tiempo para mí, sólo para mí, porque si no, no es suficiente para llegar adonde quiero, ¿entiendes?
GRETA: ¡Pero podemos hacerlo!
ALICIA: No, no podemos, porque yo no reclamo un lugar para mí y tú lo acaparas todo. ¡No sabes hacerlo de otra forma!
GRETA: ¡Pues tendré que aprender!
ALICIA: Acabas manipulándome.
GRETA: ¡¿Qué?!
ALICIA: Que sé que no puedes, y lo intentarás, pero al final me llevarás a tu terreno, porque yo cederé.
GRETA: ¡Pues no cedas!
ALICIA: ¡No puedo!
GRETA: ¡Entonces la culpa es tuya!
ALICIA: ¿Ves cómo me manipulas?
GRETA: ¡Yo no te manipulo!
MARTÍNEZ: Un poco sí.
GRETA: (Le mira fulminándole) Bueno, ¡se acabó! ¡Ahora no puedes irte!
ALICIA: ¡¿Cómo?!
GRETA: Tenemos un montón de cosas que hacer.
ALICIA: ¿Pero qué dices?
GRETA: Hay que hacer un montón de trabajo para mejorar todo eso que no te gusta.
ALICIA: Pero te estoy diciendo que quiero irme, que lo necesito y que lo he decidido. Que me voy.
GRETA: Bueno, pues no puedes.
ALICIA: ¡¡¡¿Cómo?!!!
GRETA: Que no, que ahora no. Hacen falta dos para decidir separarse, y yo no quiero. Punto.
ALICIA: ¡Pero estás loca! ¡No hacen falta dos!
GRETA: ¡¿Ah no?! ¿Quién lo dice? ¿Dónde lo pone?
ALICIA: En ningún lado, ¿pero dónde pone que sí?
GRETA: En ningún lado, pero ésta es mi pareja, y las reglas las pongo yo, y aquí hacen falta dos para decir que sí o que no. Como mi voto es no, ¡pues no te puedes ir!
ALICIA: Pero estás loca del todo, ¡ahora estoy segura! (A Martínez) ¿Ve lo que le decía? ¿Tengo razón o no? ¡Diga algo! ¿A que eso no vale? ¡Deténgala!
MARTÍNEZ: Hombre, yo...
GRETA: ¡Que me detenga! ¡Nunca se me habría ocurrido que te iba a oír decir eso! ¿Cómo puedes? ¡Te odio!
ALICIA: ¿Ah sí? ¡Pues yo a tí más! ¡A mí no se me habría ocurrido que no me ibas a dejar dejarte! Eres una... ¡tramposa!
GRETA: ¡Yo no he hecho trampas en mi vida! ¡Aquí la única que hace trampas eres tú, que me ocultas las cosas hasta el último minuto!
ALICIA: ¡Porque es imposible decirte nada! ¡Mira lo que haces!
GRETA: ¿Y eso qué tiene que ver? ¿Me has ocultado la verdad o no?
ALICIA: Bueno, sí.
GRETA: Es que tendrías que saber cómo es vivir con alguien con quien siempre hay que estar intuyendo todo, que nunca se manifiesta en una dirección o en otra, que nunca muestra una opinión concreta sobre las cosas, que no sabe a veces si algo le gusta o no, ¡que sólo come sushi!, que tiene una lista de manías sólo comparable a la que debe tener Woody Allen, que jamás hace una frase lineal para definir nada...
ALICIA: Tienes razón, soy insoportable.
GRETA: Insoportable... no. Pero me encantaría que no me mintieras más, porque no lo soporto.
ALICIA: Me siento fatal, tienes razón, perdóname.
GRETA: Bueno, supongo que se me pasará.
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Fragmento de "Todos Fuimos Ellos" (Estrenada en julio de 2007 en la Sala Triángulo de Madrid.)

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ELLA: Con el tiempo ya no es lo mismo. Todo cambia. El dolor desaparece, la vida se muda de jugadores y casi siempre de juego también, y nosotros adoramos jugar y seguimos. De la inocencia y de la capacidad de sorpresa cada vez queda menos, pero con todo, nos gusta jugar.

Dentro continúa un niño, que aunque ya tiene canas, ha llorado muchas veces con lágrimas de adulto y ya le ha visto el cartón al ilusionista; siempre sueña con una hora, dos minutos en los que todo sea de colores otra vez y en los que pueda creer firmemente que el cartón era una broma y soñar con tantas cosas era la única verdad.

Luego la desilusión llega muchas veces y uno querría no estar, pero a ella se la recibe siempre. Todas nuestras historias empiezan y terminan, recorren un círculo que llega siempre al punto inicial. (Se vuelve y mira a su alrededor con cierta media sonrisa, mitad irónica, mitad tierna, porque en el fondo se ríe de sí misma cuando estaba nuevecita.) El bar vacío con el músico. (Lanzó la metáfora con la que va a jugar toda esta noche.)

Siempre supe que mi vida la vivían tantas mujeres en tantos lugares del mundo al mismo tiempo que yo... Al mismo tiempo que ellas, que se recuperaban para la siguiente película, para la siguiente bofetada, para el siguiente beso, para la nueva ocasión en la que las amarían para volver a dejarlas, o huir, y luego un beso, un "te quiero", la emoción, un vals, vivir juntos, soñar con morir juntos, prometerlo todo, olvidarlo después, el desamor, la indiferencia, las despedidas y volver a empezar.

Ah, pero ahí están siempre otra vez. Nos salvan.

Recuerdo cuando nos conocimos. (Ella empieza a habitar aquélla que fue hace tanto tiempo.) En aquella ocasión yo era Audrey Hepburn y Él Cary Grant. Recuerdo que era un día muy frío, estábamos frente a la montaña en un hotel maravilloso en... Saint Tropez? Yo desayunaba y Él apareció de repente y se colocó frente a mí.

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video

jueves 23 de julio de 2009

Fragmento de "Dí quién eres tú"

París, 1952. Camerino de un cabaret. Hay una fila de espejos que cruza la sala de izquierda a derecha, cada uno de ellos enmarcado en blanco y rodeado de bombillas, algunas fundidas. Delante de ellos pasa una mesa larguísima de un lado a otro de la habitación, la cual resulta como un estante de golosinas de distintos colores con todos los afeites propios de un camerino. Hay montones de tarritos de cremas, colorete, barras de labios, borlas, cajas de polvos, tarros con pinceles manchados de carmín, algún frasco de perfume, pelucas distintas cada una en su cabeza de madera, una de ellas con rulos rosas y una redecilla, bigotes que cuelgan de un clavito con su correspondiente goma... Hay un perchero en una esquina que contiene boas de todos los colores colgando de los brazos, en la parte de arriba sombreros y alguna peluca más. De la pared del fondo cuelgan distintos vestidos debidamente colocados en perchas, hay alguno con lentejuelas, un smoking, unos pantalones enormes de rayas de colores con grandes botones...

Frente al espejo del centro está sentado B de espaldas al público. Lleva un vestido de lamé dorado, tremendamente ceñido, que tiene la espalda al descubierto, con una abertura en la parte de atrás de la falda que deja ver sus piernas hasta la mitad del muslo. Está mirándose al espejo, intentando colocarse la segunda pestaña postiza. Lleva también una peluca pelirroja, muy larga, del mismo color que los labios y unos zapatos de tacón a juego con el vestido.

Se abre la puerta y entra A, una mujer muy delgada que viste un frac clásico con todos sus complementos. Lleva unos pantalones grises de raya diplomática, de tiro muy alto, con tirantes que se sujetan al pantalón por botones, un chaleco muy ceñido de cuyos bolsillitos sale la cadena de un reloj dorado que se abrocha a uno de sus botones, y un pañuelito de color fucsia cuya punta asoma de forma premeditada. Lleva la levita desabrochada y el pelo rubio platino peinado con brillantina y raya y hacia atrás. Sólo en el largo, por encima de la nuca se adivina el corte de pelo a lo garçon que se oculta debajo del peinado. Lleva una boquilla masculina, de longitud media, con un cigarrillo encendido. Se para al lado de B en actitud varonil y le mira a través del espejo. Le da una calada al cigarrillo y exhala el humo entre los dos y el espejo. B se mira fíjamente con tristeza.

A: (Inesperadamente, con voz aterciopelada) ¿Qué pasa?

B: (Decepcionado) Creo que no me gusto.

A: (Sorprendida) Vaya.

B: (Se repasa con el dedo índice el contorno del labio inferior quitando un exceso de barra de labios) No. No me gusto.

A: (Se encoge de hombros y le atusa la peluca) Pues tú sabes.

B: (Afectadamente compone una mueca arquetípica de chica frágil mientras de golpe gira la silla y queda de perfil al espejo pero de frente a A. Hay algo en su actitud física que se disocia de su voz, hay un desafío de buscona en su actitud) ¿Sí? ¿Cómo?

A: (Le mira fijamente durante un momento. Deja la boquilla en un cenicero que hay sobre la mesa, pone uno de los pies en el borde de la silla rozando la pierna de B. Le acaricia la mejilla con la mano, que termina en su nuca, tirándole de la peluca, con lo cual le obliga a echar la cabeza hacia atrás y su boca queda entreabierta. Le besa.) Así.

B: (Sorprendido y un poco excitado) Vaya, vaya.

A: (Retira el pie, recoge la boquilla y da una profunda calada. Satisfecha.) ¿Mejor?

B: (Se vuelve y se mira al espejo) No sé.

A: (Coge un peine de la mesa y le carda la peluca, después la peina. Se mira en el espejo colocando la cara al lado de la de él, con un dedo le baja la cabeza exponiendo la yugular y le muerde el cuello) ¿Mejor?

B: (Se mira. Intentando ocultar lo excitado que está) Puede.

A: (De un salto se sienta de espaldas al espejo sobre la mesa, y con precisión de cirujano va cogiendo sin mirar polvos y se los pone, colorete, lo mismo, pinceles, sombras... Cada vez más rápido. Se aleja un segundo para mirar mientras destapa una barra de labios, la gira lentamente y sube una barra de color rojo intenso mientras le mira a los ojos. Le coge de la nuca y le da un profundo beso, lento y largo. Le empuja lentamente con la palma en el pecho y le pinta los labios con la barra.) ¿Mejor?

B: (Se mira. Entrecortadamente) Sí.

A: (Coge un tarro grande y lo destapa. Dentro hay una borla de plumas que saca y espolvorea el talco que hay dentro del tarro. Se lo extiende por el escote.) ¿Y ahora?

B: (Se mira. Respira con dificultad pero está feliz, realmente interesado en mirarse y en el resultado.) Mucho mejor.

A: (Complacida) ¿Ves qué fácil?

B: (Se retoca un mechón, se pasa el dedo por el canalillo. Mira a A con verdadera devoción, casi con admiración.) Ya lo veo, ya.

A: (De un salto se baja de la mesa, coge su boquilla y saca un cigarrillo nuevo del bolsillo interior de la levita. Lo pone, se lo enciende, le da una calada. Mira a B.) Realmente tú sí que sabes sacarte partido... Hoy has estado increíble... Te espero en el coche. (B le coloca una rosa que hay en un pequeño florero en un ojal de la levita, con verdadera sumisión, con delicadeza. A le guiña un ojo a B y le hace un gesto con la cabeza para que salga y se va. B suspira mirándose al espejo, se atusa el pelo una vez más y sale canturreando “Put the blame on Mame”).

*De este texto únicamente soy dueña de las acotaciones y de la última réplica. Conste en acta para futuras explicaciones.

Fragmento de "El plato fuerte"

ANA: Son menos cuarto. A y media en punto tiene que estar.

VICTOR: Ya lo sé.

ANA: Cómo la hicimos el otro día?... Por qué no me habré fijado más. Me pone nerviosa pensarlo.

VÍCTOR: No pienses.

ANA: No puedo.

VÍCTOR: Déjame a mí.

ANA: No. Tengo que hacerlo yo, si no, se dará cuenta.

VÍCTOR: Dudo mucho que tenga ningún paladar.

ANA: Calla! Estoy temblando como una hoja.

VÍCTOR: A ver, pon cebolla.

ANA: ¡Cebolla! No lleva cebolla! El otro día no le puse cebolla! Nunca lleva cebolla!

VÍCTOR: La madre que te parió, estás histérica. Te voy cortando ésto.

ANA: Ésta no. Creo que mejor ésa. Déjame ver. Que tenga poco fondo pero ancho, o un poco más honda?

VÍCTOR: Lo suyo es que sea plana y amplia. No hay de barro?

ANA: La otra no era de barro.

VÍCTOR: Es que sale más rico.

ANA: No tiene que ser más rico, tiene que ser igual.

VÍCTOR: Basta. En ésta.

ANA: Aceite, pimiento, pimentón... Nos van a fusilar.

VÍCTOR: ¿Qué dices? Córtalo más fino, en juliana es mejor.

ANA: Es que no me acuerdo cómo lo hice la otra vez.

VÍCTOR: No te pongas a llorar ahora. Shh! A callar! Sigue cortando.

ANA: No puedo, no voy a poder.

VÍCTOR: Hostias! Se corta y se pone como sea y se lo come, me cago en dios!

ANA: Calla! No he dormido en toda la noche, y cuando he pegado el ojo, he tenido un sueño.

VÍCTOR: Pónle ajo, que disimula el sabor de lo otro.

ANA: Víctor, que he tenido un sueño.

VÍCTOR: Vale, luego me lo cuentas. Cuando hayamos terminado con todo.

ANA: Tengo mucho miedo.

VÍCTOR: No va a pasar nada. Terminamos, servimos y nos vamos. Tarda una hora. Para entonces estamos en el tren.

ANA: Es que estábamos en una casa, era como la guerra y yo no tenía zapatos…

VÍCTOR: Ana, por favor, me vas a contar ésto ahora? No tenemos tiempo.

ANA: Y si llega don Nicolás?

VÍCTOR: No va a venir.

ANA: Al final no le he dicho nada.

VÍCTOR: No va a venir.

ANA: Y tú cómo lo sabes?

VÍCTOR: ...

ANA: Es que a veces viene a comprobar que está todo bien.

VÍCTOR: Vamos a ponerlo ya, para que hierva con todo.

ANA: Pero tú cómo sabes que no va a venir?

VÍCTOR: Lo sé.

ANA: Si lo pones a hervir a lo mejor no funciona. Es que lo que he soñado tiene que...

VÍCTOR: Cómo no va a funcionar?

ANA: A lo mejor si hierve se neutraliza el efecto y no sirve. Y yo no me atreveré otra vez.

VÍCTOR: Que no empieces a llorar.

...

ANA: ¿Por qué me has besado?

VÍCTOR: Yo no te he besado.

ANA: Se me va a salir el corazón por la boca.

VÍCTOR: Bueno, no pasa nada, olvídalo.

ANA: Me ha gustado.

VÍCTOR: ...

ANA: No sabía.

VÍCTOR: ...

ANA: Estaba deseando.

VÍCTOR: ...

ANA: Como siempre eres tan callado...

VÍCTOR: ...

ANA: No pongas el fuego tan fuerte, no?

VÍCTOR: ...

ANA: Así mejor. Son y diez. Estoy casi segura de que el otro día la hice de pollo, calamares y gambas, creo que nada más. Don Nicolás siempre intenta ahorrar. Le llevo un plato con jamón? Lo he cortado al llegar. Es de Guijuelo, lo guarda para él. El jamón del caudillo, lo llama.

VÍCTOR: No lo nombres.

ANA: Es lo que dice siempre don Nicolás. Se lo sirve de aperitivo, es una norma.

VÍCTOR: Que sea todo normal, entonces.

ANA: Estás raro.

VÍCTOR: Quiero que todo salga bien.

ANA: Puedo besarte otra vez?

VÍCTOR: Tú no me has besado.

ANA: A ver... Mmmm. Mira qué amarillito está. Creo que te quiero.

VÍCTOR: Llévale el jamón. Haz lo que hagas siempre. Yo mientras pongo el veneno y lo dejo reposando. Mírame.

ANA: En mi sueño…

VÍCTOR: No me lo digas. Sólo mírame. Te quiero. Mañana estamos en París, pase lo que pase.

ANA: Pase lo que pase? Voy a sacar un poco en un plato, y así se enfría primero, que no le gusta que queme, y son y veinte.

VÍCTOR: Espera que te ayudo.

ANA: Deja.

VÍCTOR: Trae, que lo vas a tirar.

ANA: Suelta.

VÍCTOR: No, no, ¡no!

ANA: Dios mío.

VÍCTOR: No pasa nada.

ANA: ¿¡Lo has hecho a propósito!?

VÍCTOR: No lo pongas del suelo! ¿Estás loca?

ANA: Yo no me voy sin intentarlo! Ayúdame. Dámelo!

VÍCTOR: No.

ANA: Dámelo!

VÍCTOR: Ana, vámonos. Deja eso.

ANA: Dame el veneno.

VÍCTOR: No te voy a dejar. Nos vamos. Suelta!

ANA: Trae! (Pausa.) Tú nunca has estado con nosotros.

VÍCTOR: ...

ANA: Dámelo o me lo clavo ahora mismo.

...

Fragmento de "Glenda y Paul"

Despacho enorme inundado de luz que entra a través del ventanal que cubre la pared del fondo del escenario. Tras ella se ve el cielo azul de un día soleado y edificios de oficinas a lo lejos, evidentemente es un rascacielos.

Hay una gran mesa de metacrilato que tiene encima un ordenador blanco, una lámpara metálica cuelga del techo al estilo Boogie Nights, con un globo de cristal blanco gigante. Hay dos sofás de cuero rojo con una mesa pequeña de metacrilato entre ambos, de igual diseño que la otra. Toda la decoración es años 80. Las paredes están forradas con cuadros que enmarcan discos de oro de Stevie Wonder, Las Supremes, Michael Jackson, Los Temptations, Otis Redding, y también hay algún póster de alguna gira mundial de los años 60, con su correspondiente marco, a juego con todo lo demás.

Apoyada contra la mesa de oficina, de espaldas al público y mirando por la ventana está Glenda, de más de cincuenta años, aunque en realidad aparenta cuarenta. Hay un cigarrillo consumiéndose en un cenicero a su lado. Lleva un traje ejecutivo de americana y pantalón y unos tacones muy altos. Se oye una voz masculina que viene de una puerta entreabierta que da al exterior.

Lo que dice es ininteligible, habla animadamente con una mujer. Al oír la voz, Glenda se tensa, se pone nerviosa, coge el cigarrillo, lo vuelve a dejar, se sienta, se levanta, se coloca el pelo, empieza a correr a la puerta del lado opuesto a donde viene la voz y se detiene, vuelve a echar a correr, se vuelve a detener, se enfada consigo misma, se vuelve a poner nerviosa y echa a correr definitivamente entrando al baño, se enciende una luz.

PAUL: (Desde fuera) Tú siempre serás “mi Laura”, Laura. (Canturrea “Laura” de Raskin y Mercer, haciendo unos vibratos muy exagerados.)

Oímos la risa de una mujer mayor detrás de la puerta, y después la risa de él. Ambas se aproximan cada vez más. Al oírse más cerca, Glenda sale corriendo del baño y se tuerce el pie, pero se queda apoyada en el borde de la mesa ensayando una pose relajada y de seguridad mientras se esfuerza por aguantar el dolor. Irrumpe Paul, de unos treinta y cinco años, vestido con una cazadora de cuero que lleva escrito Harley Davidson en letras enormes, vaqueros ajustados y botas de motorista, con una mujer de unos sesenta años en brazos, que no puede contener la risa e intenta actuar una resistencia a ser llevada en volandas. Al entrar, Glenda compone un gesto de sorpresa. Paul pone a Laura con cuidado en el suelo mientras le da un beso en la boca y ella le pega un bofetón. Todo ésto parece algo a lo que están acostumbrados los tres, Paul se ríe.

PAUL: ¡Cómo te he echado de menos, Laura!

(Laura se vuelve a reír, le guiña un ojo a Glenda y sale cerrando la puerta. Él se da la vuelta y ambos se miran, sin saber qué decir. Después de una pausa.) Bueno, estás…

GLENDA: Tú también.

(Silencio. Se miran.)

PAUL: (Mirando alrededor) Está todo igual.

GLENDA: (Ligeramente ofendida) Eso no es verdad. (Pausa). ¿Ahora tienes moto?

PAUL: No. ¿Por qué?

GLENDA: Sólo te falta el casco.

PAUL: Ah. (Ríe). Es lo que le gusta a… Ya sabes que a mí me da igual…

GLENDA: ¿Quieres un café?

PAUL: Vale. Bueno, mejor no. Así no molestamos más a la pobre Laura.

GLENDA: A Laura no le molesta en absoluto, lleva haciéndolo cuarenta y cinco años, primero con papá y luego conmigo. Está encantada de hacer café. Además, siempre lo hemos tomado juntas, lo sabes de sobra. No me gustan las diferencias ni las jerarquías. Cada uno sabe…

PAUL y GLENDA: …cuál es su sitio, y con eso basta.

(Pausa, sonríen.)

GLENDA: ¿Qué tal está Liz?

PAUL: Bien, muy

GLENDA: He oído que os casáis. (Levantando el teléfono) ¿Lo quieres?

PAUL: Sí, eso parece. No.

(Glenda da la vuelta a la mesa para coger su cajetilla, al empezar a andar siente un dolor agudo en el tobillo, avanza cojeando, se encoge un poco del dolor).

PAUL: (Se acerca) ¿Qué te pasa?

GLENDA: (Frotándose el tobillo) Me he torcido el tobillo. Son los tacones.

PAUL: (Cogiéndole el pie) ¿Desde cuándo GLENDA: No, no. Suelta.

PAUL: usas tacones? GLENDA: ¡Que me sueltes!

PAUL: (Sorprendido. La suelta.) Perdona. (Pausa.) Pero tú siempre has usado zapatillas.

GLENDA: Y tú nunca te habrías puesto una cazadora tan hortera. Además, ¿cuántos años te crees que tengo? Hace siglos que no me pongo zapatillas.

PAUL: Siempre habías dicho que no te ibas a poner zapatos en tu vida. Parece que han cambiado muchas cosas. No sabía que las zapatillas tenían que ver con la edad. Además cuando te conocí ya no eras una niña. ¿Unos treinta y cinco?

GLENDA: Treinta y seis. (Pausa.) Las zapatillas… (Pausa.) Imbécil. Que eres un imbécil.

PAUL: ¿Estás simulando tener un problema con la edad? ¿La menopausia asusta a mi pequeña Janis?

GLENDA: Las putas zapatillas. No más que a mi pequeño Peter Pan.

PAUL: ¡Quítate los zapatos!

GLENDA: ¿Qué?

PAUL: (Se tira al suelo y le agarra el tobillo) ¡Que te los quites! (Empieza a desabrocharle los zapatos rápidamente).

GLENDA: ¡Suéltame! (Intenta irse y él no le suelta el pie. Cae de bruces al suelo.) ¡Gilipollas! (Se incorpora un poco y empieza a pegarle en la cabeza con el puño mientras intenta reptar por la alfombra en dirección contraria. Él tira de ella intentando atraerla hacia sí. Se ríe a carcajadas como un científico loco.) ¡Suelta! (Finalmente él gana y la arrastra de un golpe hacia sí. Ella queda boca abajo, él intenta girarla y ella no se deja, se agarra a la alfombra. Continúan el forcejeo y él consigue darle la vuelta. Quedan de frente, ella no le mira. Él le gira la cabeza y ella le da un puñetazo en la cara. Él la besa, ella le devuelve otro puñetazo. La vuelve a besar, y finalmente ella le besa también. Le empuja hacia atrás y se tumba encima mientras le sigue besando.) Y ahora, ¿me dices por qué has venido?

PAUL: He oído que quieres grabarles un disco a las Supremes.

GLENDA: (Sigue besándole) ¿Y? (Le quita la cazadora).

PAUL: Sé que es mentira.

GLENDA: (Para de golpe, se incorpora y le coloca una rodilla debajo del paquete, le sujeta la nuez con la mano) ¿Qué coño quieres?

PAUL: (Sonríe) Ayudarte.

GLENDA: (Le da un rodillazo con todas sus fuerzas y se levanta) ¡Y una mierda! (Se ajusta los zapatos, va detrás de la mesa, coge un cigarrillo y lo enciende. Se quita la americana y la tira sobre su silla. Él se retuerce de dolor y se enfurece. Ella fuma. No le quita un ojo de encima.) Ahora te veo. No me hagas la escena del viejo amigo que vuelve y recuerda los viejos tiempos. Y haz el favor de no levantarte si quieres que te escuche. Ahora habla. Díme algo desde el dolor, aunque sólo sea de huevos.

(Pausa. Paul está retorciéndose en el suelo, recuperándose. Glenda le mira. Suena el teléfono, Glenda descuelga.)

...

Fragmento de "Propiedad Transitiva"

Salón de un piso. El suelo es de mármol, hay un piano de media cola al fondo de la sala. Una gran ventana nos deja ver el cielo. Está entreabierta y en la sala suena el ruido de fondo del ajetreo de coches y gente de una gran ciudad. En medio del suelo está tendida una mujer boca arriba con un hombre encima, violándola. Ella lleva puesto un vestido que parece de diseño, desgarrado, su peinado está revuelto, tiene una brecha en la cabeza y el pelo está apelmazado con sangre que se está secando. Su actitud es ausente. Él lleva puesto un traje de chaqueta y la embiste violentamente, con rabia, como si quisiera penetrar el suelo.

ÉL: No te hago daño, ¿verdad? No quisiera (la embiste con más fuerza). ¿Sabes que siempre me han dicho que soy muy dulce?

ELLA: (Sigue ausente, parece que habla consigo misma) Entonces no me voy, yo quiero quedarme.

ÉL: Benito el bendito me decía mi madre. En realidad me molesta, porque yo me considero una persona fuerte, no tengo miedo a los conflictos. (La embiste con más fuerza). No soporto la actitud de ciertas personas sobretodo en el mundo del arte. Toda esa mierda egocéntrica.

ELLA: (Dulcemente) Mi amor, me da igual.

ÉL: Óscar antes no era así, ¿sabes? Era alguien con las cosas muy claras, eso sí, siempre lo tuvo muy claro, pero no se habría vendido por nada. (La levanta del suelo y se la pone a horcajadas sobre sus rodillas, ella parece una muñeca de trapo) No soporto los cambios. ¿Te gusta? Dime que te gusta. (Ella sigue ausente) Como Óscar, ¿sabes? Esa autosuficiencia pusilánime, con su actitud soberbia e intelectual. En cambio es alguien a quien todos escuchan, siempre. Cualquier cosa que dice, es interesante. Mira la casa que se ha comprado, el hijo de puta. Mírate a ti.

ELLA: (Hablando distraídamente sigue en ese mundo paralelo) Amor, me duele un poco la cabeza.

ÉL: Qué cabrón, cómo se puede pasar de donde estaba a ésto. En realidad yo lo sabía. Todos querían ser como él cuando nos conocimos. Era el héroe de cualquiera. En cambio no sé qué pasaba conmigo, todos querían apartarme para estar con él.

ELLA: Te echo tanto de menos.

ÉL: Y yo. (La embiste con más violencia.)

ELLA: Quiero tener hijos contigo.

ÉL: Yo también. Siempre quise. Lo que pasa que en realidad no, nunca quise. No soy una buena persona, y además me gusta. Eso sí, soy muy guapo. Todos los gilipollas que dicen que uno tiene la cara que se merece no tienen ni puta idea. Estoy tan lleno de mierda que a veces pienso que voy a explotar, y en cambio mira, por fuera no se nota absolutamente nada. Estoy buenísimo, tengo cierta expresión apacible que haría pensar que soy una persona tranquila, sin problemas, tengo un gesto honesto. ¿Me has mirado bien? Creo que si me miraras bien querrías tener algo conmigo. Todos quieren montárselo conmigo. Menos tú, que eres patética. Ese es el puto problema, que nadie mira a nadie, nadie se deja penetrar por nadie. Si no escuchas, si no miras, ¿cómo te voy a gustar? Idiota. ¿Te crees que me gustas? Eres asquerosa. Una persona ridícula. Lo único que me gusta de ti es él. Y eso en realidad no tiene que ver contigo.

ELLA: Este sitio es precioso, ¿estás contento? Quiero que seas feliz.

ÉL: Por favor, voy a vomitar.

ELLA: (Vomita sobre el traje de él) Qué dolor de cabeza.

ÉL: ¡Puta! (La deja caer sobre el suelo) Mira cómo tengo el traje. (Se levanta, se cierra la bragueta, se sacude el pantalón, mira que todo esté limpio. Camina rápido por la sala buscando el cuarto de baño.)

ELLA: Amor, estoy un poco mareada, tírame al agua. (Ríe).

ÉL: (Desde el cuarto de baño) El maldito crucero. Cómo le odié. Fui yo quien le presentó a todos los amigos que tiene ahora, los que le han puesto en el puto sitio en el que está, y ¿sabes cómo me lo agradeció? Enrollándose contigo. ¿Qué coño le hiciste? Eso sí me gustaría saberlo, porque en realidad me extrañó que me costara tanto recuperarlo. Dos años, joder. Y encima tuve que portarme realmente mal para hacer que volviera. Sólo hablaba de ti, qué asco. ¿Qué coño le has hecho? Por suerte ya no está contigo tampoco, que te den por el culo.

ELLA: Nunca he conocido a alguien tan sensible como tú.

ÉL: Yo había comprado billetes para Los Ángeles, y se me quedó una cara de imbécil… Pero supongo que la misma que se te quedó a ti después. (Mira la habitación) En realidad todo esto es mío. (Poco a poco la histeria se va apoderando de él) Me lo merezco. Si no, él no estaba aquí, esto es mío. Coño, ¡mío! (Empieza a llorar. Va al piano y empieza a tocarlo con violencia. Toca It’s all right with me de Cole Porter y la canta):

It’s the wrong time, and the wrong place
Though your face is charming, its the wrong face
It’s not her face, but such a charming face
That it’s all right with me


(Con rabia) Además él ni siquiera toca el piano, ¡joder! Es mío, mío, mío. (Sigue aporreándolo).

Its the wrong song, in the wrong style
Though your smile is lovely, its the wrong smile
Its not her smile, but such a lovely smile
That its all right with me

(Cuando pasa a esta parte de la estrofa empieza a enfurecerse más)

You cant know how happy I am that we met
Im strangely attracted to you
Theres someone Im trying so hard to forget
Dont you want to forget someone, too?

ELLA: ¿Bailamos?

ÉL: (Para en seco de tocar y la mira) ¿Sabes? Si me gustaran las tías, probablemente me enrollaría contigo. Mentira. Lo que no entiendo es por qué le gustaste a él.

ELLA: (Se levanta y empieza a bailar torpemente, está aturdida) Eeeeeeres tú, el príncipe azuuuul, que yooooo soñéeeeeeeee….

ÉL: Lo que quiero saber es qué coño haces aquí. (Ella cae sin conocimiento al suelo. Queda boca abajo. Él va lentamente hacia ella, se agacha, la empuja con el dorso de la mano. La observa y al rato le pone los dedos en la yugular para ver si tiene pulso.) Lo único importante es que sepas que no te lo vas a volver a llevar.

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